El suicidio

Amaya Egaña se ha suicidado. El mayor daño que una persona se puede infligir a sí misma, pero no la única dañada. Una cadena de tragedia ha empezado a hacer daño a familiares, amigos, vecinos y también a todos nosotros de alguna manera. Su efecto, como las ondas en el estanque tras la caída de su cuarto piso en Barakaldo, llegará lejos en el tiempo y en el espacio. Voy a dejar a economistas, políticos y abogados que pongan toda su energía, recursos y ética en taponar esta herida que se lleva muchas víctimas por delante y que arrastra silenciosamente a muchas otras a un sumidero de dolor.

Los que nos dedicamos a la salud mental, a empujar a los demás a ser un poco más felices, a no caer en sumideros, hemos escuchado una llamada, nos ha levantado insomnes la primera madrugada tras ese fatídico nueve de noviembre. Tal vez hemos levantado la mirada de nuestro último paciente o cliente o de nuestra pantalla de ordenador donde la persona se transforma en datos, y hemos recordado que la conducta humana tiende a ser imitada. Y que el suicidio es también una forma de conducta.

Este 9 de noviembre me ha pillado leyendo a Víktor E. Frankl en su obra El hombre en busca de sentido. Este psiquiatra judío pasó por varios campos de concentración nazis y vivió para contarlo. Nos dice: “El hombre que no podía ver el fin de su existencia provisional tampoco podía aspirar a una meta última en la vida, cesaba de vivir para el futuro… El obrero parado, por ejemplo, está en una posición similar”. El doctor Frankl nos transmite la impresión de que en esas circunstancias se vive una vida menos viva. Pero no nos deja sin salida ante circunstancias externas terribles como la suya. Muy al contrario, ante los hechos como los que él vivió, nos habla de la libertad interna: “Que determina si uno iba o no iba a ser juguete de las circunstancias, renunciando a la dignidad, para dejarse moldear”. Sus condiciones externas fueron las más extremas que se puedan imaginar. Pero solo si esas circunstancias le lograban arrebatar la dignidad interior, el sentimiento de su propio valor interno, el orgullo de sí mismo, le destruirían. Es entonces la vergüenza, la propia infravaloración y la aniquilación interior la que se adueñarían de él. Si la carencia de recursos económicos pasa a sentirse como una falta de valor interno, hemos pedido la batalla interna.

Víktor nos dice que en su situación en el campo de concentración, pocos lograban ganar esta batalla. Y él no se incluye entre estos. No sabemos si por modestia, teniendo en cuenta lo que fue capaz de aprender de aquella tragedia. La buena noticia es que no estamos en un campo de concentración. Compartamos nuestras limitaciones económicas, no las vivamos en soledad y vergüenza, no dejemos que la carencia de dinero nos haga sentir humillados.

GREGORIO ARMAÑANZAS ROS

gar@gogestion.com

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