Cuento de Navidad 2012

olentzeroParecía que iba a nevar.

– ¡Loli, no te retrases! – siempre se quedaba la última.

Me senté a esperarla y de paso contarle a Paty, que estaba a mi lado, lo que tenía pensado cenar esta noche:

– Tengo unas chuletas que voy a asar en las brasas. Con el fuego vivo, para que se hagan bien y rápido que es como tiene que ser. Tengo un poco de pan de hace unos días que sigue bien. Un poco de cuajada para coronar, luego cantaré  ¿O cantaremos, Paty? – Ella nunca responde aunque asiente con la cabeza. El vino de la bota engrasará mis cuerdas vocales.

Edelmiro, que suele encabezar la marcha, esperaba paciente. Me puse a roer un trozo de pan.

– Ufrasia, no te veo comer nada hoy, estás alicaída.

Le pasé la mano por el pelo, cosa que agradeció con una mirada. ¿Qué le estaría pasando? Había sido madre hace unos meses. A lo mejor tiene eso que dicen de la depresión posparto. Se sentó junto a mí. Parece que quería mi cercanía.

– Ya viene Loli, ¡Vámonos!

La tarde avanzaba y el cielo encapotado: no conviene distraerse. Hace mucho frío y no es bueno que nos pille la noche al raso.

Las hojas no acababan de caer tras un otoño tan templado. Mejor: las ramas desnudas de los árboles son tristes. Cuando llega la noche, parecen largos dedos de brujas que te quieren agarrar.

Nos acercábamos al paso del Ttarttalo cuando levantó el viento.

– Hoy me dirá algo.

Me senté en la piedra de escuchar. Beltza se pegó una carrera para detener a Edelmiro, a la cabeza.

-¡Ttarttalo! – grité. Pues, con los años que tiene, es duro de oído.  – ¿Qué te cuentas hoy?

El viento aulló a través del enorme agujero en la roca, el ojo del Ttarttalo.

– ¡U, u,u,u,h! ¡S,i,i,i,i!

– ¡Pronuncia bien, coño!, que no te entiendo.

Gigantes tan viejos como él, se toman un tiempo en mandar sus mensajes.

-¿Qué has dicho?- insistí con tono amable, que les va bien para que respondan.

-¡U,u,u,u,h! nieveeee.

– Si ya lo decía yo, aquellas nubes del fondo… No me has dado una gran noticia.

Me levanté. Hice una señal a Beltza para que transmitiera la orden de marcha y fuimos atravesando el paso hacia la chabola que estaba ya cerca.

Tras colocar a todos en su sitio, me fui a la cocina. Todo estaba ya oscuro. Por la ventana se veía a las ramas azotadas por el viento. Ya habían desaparecido los colores.

– ¡Sopla, sopla fuerte! Le dije al viento que se colaba por las rendijas de la puerta. A ese se le entiende menos que al Ttarttalo.

– ¿Qué dices de 24? ¡No te entiendo un carajo!

Preparé unas astillas con musgo seco para encender el fuego.

-¡Sopla, sopla ahora!- le dije mientras acercaba el chisquero al musgo.

Y sopló y se hizo la maravilla: las llamas comenzaron a culebrear, el calor me dio en la cara y todo se iluminó de naranjas y amarillos.

– ¿Se puede pedir más?- dije para que me oyeran todos mientras acercaba las costillas que pronto olerían al cielo.

Dejé los huesos tan limpios que daba pena tirarlos al fuego. Las brasas chisporroteaban iluminándolo todo. La cuajada bajó como una anguila a su cueva: fresquita y suave.

Antes de meterme en la cama, salí a la puerta y eché una ojeada al valle: lucecitas amarillas aquí y allá. Todos estarían calentitos, bien juntitos, preparando la cena. Estaban demasiado abajo para poder oír sus voces, ni siquiera sus cantos. En mi chabola todos dormían tranquilos, solo alguna respiración, alguien estornudando interrumpía el silencio.                                  Me metí en mi cama bien cubierto con cinco mantas y calcetines gordos.

Una calma especial me llegó antes de abrir los ojos.

– ¡¡Bien!! – Allí estaba.

Miré por la ventana: las esqueléticas ramas eran ahora, redondos dedos blancos cargados de nieve. La luz me deslumbraba.

Acerqué mi nariz al cristal: una nevada que había blanqueado hasta los troncos de los árboles. Todo blanco, quieto y en silencio. No, un leve crujido casi imperceptible. Puse atención: ¡raas! ¡raas!. El sonido inconfundible de la nieve fresca cuando se pisa. Paró ante la puerta. Un fuerte golpe la abrió:

-¡Feliz Navidad!- sonó al unísono.

Allí estaban todos: familia, amigos…

Me escapé de los kilos de mantas en un segundo y me lancé a abrazarlos a todos mientras las palabras se me atropellaban en la boca. Mis oídos se llenaban de mi nombre pronunciado por todos ellos a la vez. Esto si era hablar, estar con alguien; sentirme visto, oído, abrazado.

Loly, Paty y todas las demás ovejas no están mal, pero no es lo mismo. Ni siquiera mi fiel perro, Beltza, que se mete feliz en el barullo.

Goyo Armañanzas, 24 de diciembre de 2012

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