EL PARAÍSO JUDÍO

Un rabino muere y se encuentra con Dios. Entabla una conversación con él acerca del cielo y el Infierno.

“Te mostraré el Infierno” y llevó al rabino a una sala en la cual un grupo de personas hambrientas y desesperadas estaban sentadas entorno a una gran mesa circular. En el centro de ella había un enorme recipiente de guisado, más que suficiente para cada uno. El olor que era delicioso, hizo agua la boca del rabino. Pero nadie comía. Cada comensal tenía en la mesa una larguísima cuchara. Suficientemente larga para llegar al cocido pero demasiado larga para llevársela a la boca.

El rabino vio que sufrían muchísimo. “Ahora te enseñaré el Paraíso”, dijo Dios, y entraron en otra habitación idéntica a la anterior: la misma gran mesa redonda, el mismo cuenco de guisado y las mismas largas cucharas. Aquellos estaban contentos y parecían bien alimentados.

El rabino que no podía entender la diferencia, le preguntó a Dios por la razón.

“Es muy simple” dijo Dios, “pero requiere cierta habilidad. Las personas de esta habitación han aprendido a alimentarse unos a otros”.

–       Gracias, San Pedro –le dijo el rabino–, ¿puedo quedarme aquí ya?

–       Antes te queda algo por visitar.

–       ¿Sí?, yo creía que lo habíamos visto todo.

–       No todo. En realidad te queda la parte más poblada.

–       Y, ¿cuál es esa?

–       El Purgatorio. De hecho lo normal es que los difuntos estén aquí una buena temporada antes de pasar al cielo o al Infierno. Lo tuyo es un privilegio debido a tus obras en el mundo.

Y le llevó a una estancia enorme donde había unas grandes mesas llenas de gente sentada a su alrededor. En medio tenían los mismos recipientes con el estupendo guiso. Los comensales tenían las mismas cucharas largas atadas a su mano.

El difunto miró en detalle a los comensales para ver su estado de salud. No pudo llegar a una conclusión clara: algunos estaban sanos y sonrientes, otros no tanto. Los había gordos con gesto enfadado, flacos y felices, delgados y enfadados.

–       ¿Por qué no te sientas? –le dijo Dios.

El difunto un tanto asustado le dijo: “no tengo hambre”, mientras sentía un retorcijón en las tripas pues la visita se estaba haciendo larga. Además el aroma del guiso estaba haciendo su efecto.

Resignado tomó su larga cuchara y se sentó discretamente en una esquina de la mesa. Como el difunto ya había visto el cielo y el Infierno, ya sabía lo que tenía que hacer: cogió un buen cazo de guiso humeante con su trozo de carne y su patatita y se lo extendió a un comensal que tenía enfrente. Su aspecto era lucido y sonriente. Éste se lo agradeció con una sonrisa pero en vez de darle de comer a él, le dio a un vecino.

Un poco mosca, cogió otro cazo y se lo dio a otro comensal que parecía sano y gordo pero tenía un gesto serio. Comió de su cuchara de palo y no le devolvió ni una sonrisa ni una cuchara. El difunto tenía cada vez más hambre y su determinación flaqueaba. Si, había visto el cielo y lo que allí ocurría. Era cuestión de dar, pero la cosa parecía no funcionar.

Tomó otra cucharada con su carne, patatita y zanahoria y lo acercó a la boca de otro que tenía un aspecto flaco y enfadado. Este comió y no hizo nada más.

Volvió a tomar una cucharada con su carne, su patatita, su zanahoria y su champiñón y la acercó a alguien flaco pero con aspecto risueño. Le devolvió una sonrisa y tomó una cucharada que se la ofreció a alguien que estaba a un lado del rabino. Este se agarró un cabreo mayúsculo, juró y perjuró que no daría una cucharada más a nadie.

El hambre lo iba adelgazando. Miró a un gordo y feliz, y por medio de gestos le propuso un pacto de alimentación mutua. Cuando le hubo dado su cucharada, esperó, pero el gordito no le dio la cucharada a él, se la volvió a dar a otro.

El cabreo se hizo mayúsculo. Decidió que no alimentaría a nadie y muchísimo menos a los gordos.

El tiempo pasaba y como no había nada que hacer, se aburría. Dios no aparecía por ningún lado para sacarle de allí.

El tiempo allí es infinito, así que pasó mucho hasta que por fin se entregó y lloró, lloró profundamente todas las lágrimas que había bajo su rabia, por todo lo que no le habían dado desde siempre.

Entonces empezó a dar porque sabía lo que era el hambre, porque sabía lo que lo necesitaban los flacos. Empezó por ellos, pero luego pensó que los gordos serían prontos flacos si los demás no les daban. Y acabó pudiendo darles. Así descubrió un placer olvidado: el placer de dar.

Aunque el seguía dando a los que tenía enfrente, ellos deban pero no a él. Su rabia se había convertido ya en simple sorpresa e interrogación, cuando varias cucharas se le acercaron. Eran de otros comensales que, por medio de una larga cadena grupal, habían sido alimentados por quienes él alimentaba. Habían sido alimentados por el amor y el agradecimiento. Las lágrimas acudieron a sus ojos y no le dejaron ver por un momento. Cuando pudo volver a ver con claridad, tras un periodo de tiempo indeterminado, pues el tiempo es nada en el más allá, se dio cuenta de que estaba en el Paraíso.

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