Se puede hablar: Taller sobre la guerra civil española del 36*

Este taller fue organizado por la Asociación cultural “Amigos de Casa Usua” de Arbeiza. Este pueblo que tiene 176 habitantes, se sitúa  a tres kilómetros de Estella, en la Zona media de Navarra. Jose Carlos Oroquieta miembro de dicha Asociación, se puso en contacto con Rosario Estefanía Payret Blasco para su organización. Ambos se pusieron en contacto con Goyo Armañanzas Ros para la coordinación de la tercera sesión.  Las tres sesiones se realizaron en la Casa de Cultura de Arbeiza y contaron con el apoyo del Concejo.

Nuestro  objetivo al organizar un taller de tres días fue el que los asistentes investigaran sobre sus historias familiares en la Guerra Civil y lo pusieran en común. Poder expresar sus sentimientos, realizar una “descarga” en el grupo que libere de silencios, rencor, miedos acumulados e ideas preconcebidas erróneas, basadas en una historia “de parte” contada por los vencedores. Una sanación interna, individual,  que nos permita un cierre de conflicto personal.

Ya sabíamos de las dificultades de un taller de estas características en un pequeño pueblo.

Hemos intentado que todas las sesiones sean participativas y que todos los asistentes opinen, cuenten, expresen sus dudas, no queríamos monólogos, ni escuchantes. Hemos procesado cada sesión para establecer la siguiente.

Hemos intentado analizar las reacciones de los asistentes y marcar un camino para conseguir una aceptación interna de lo ocurrido.    A veces nos centramos en pedir, lícitamente  y con todo el derecho, reconocimientos externos, que en muchos casos no llegan, en otros llegan tarde y mal y no somos capaces de realizar un recorrido individual, interno, para llegar a ese reconocimiento  propio, vital, emocional, que nos lleve a la meta personal de dar por finalizado el conflicto.

 Los colaboradores que han gestionado las diferentes sesiones lo han hecho de manera desinteresada.

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* Extractado por Rosario Estefanía Payret Blasco, José Carlos Oroquieta  y Gregorio Armañanzas Ros

1ª sesión – 12 diciembre de 2015

Coordinado por Estefanía Payret.  Nos resume sus impresiones:

“A pesar de que estaban cortadas las carreteras por la crecida del Ega, vinieron 21 personas.

La intención era hacer el planteamiento global del taller y ofrecer pequeñas técnicas para que los vecinos asistentes se animaran a investigar en sus familias, vecinos, amigos, etc. Los temas podrían ser: cómo habían vivido la guerra y sus secuelas, cuál fue el bando, si les “tocó” o lo eligieron, heridos o muertos habidos en la familia, sucesos varios,  posición actual ante el tema, etc. Todo con la idea de ponerlo en común en la sesión siguiente.

Se ofrecieron dos personas, dos mujeres. Se convino que, por correo, les enviaría más instrucciones y guías para profundizar en la investigación y sugerencias para trabajar con los informantes. Pero el deseo expresado por la mayoría de las personas asistentes fue: “¡Háblanos de cómo fueron la República y la Guerra Civil, que no tenemos ni idea!”. De esta forma se transformó en una charla necesariamente esquemática sobre los hechos básicos que se produjeron durante la República: cómo se gestó y sucedió la Guerra Civil. Origen de la guerra, reforma agraria para eliminar  latifundios, etc. Desarrollo del conflicto, como avanzan los frentes, Franco, General Mola, etc. Consecuencias posteriores, ¿qué pasa en Navarra?,  actuación de los poderes establecidos, banca, iglesia, etc.

Hubo un intento de ser lo más objetiva posible (a pesar de que la “objetividad” es prácticamente imposible), tanto que cuando se inició el diálogo, un asistente mayor preguntó: “Pero, al final, ¿quiénes eran los buenos?”

Ese planteamiento me desconcertó por infantil; dije que los seres humanos no somos “buenos” o “malos” y resolví leer párrafos y citas, extraídos del libro de Paul Preston “El holocausto español” y muy crítico con la posición tomada por la Iglesia Católica en España y, por supuesto, en Navarra, para que dedujeran los asistentes.

En el coloquio surgen comentarios que ponen en duda lo explicado: mentiras, explicación partidista, la iglesia no tuvo esos comportamientos comentados. Negación de lo ocurrido.

Tengo la certeza de que bastantes asistentes mayores que conocían a mi abuelo, médico de derechas se quedaron de una pieza y no volvieron más.

Quedamos a la espera del trabajo de investigación de estas dos personas, durante prácticamente dos meses”

2ª sesión – 6 de febrero 2016

Por diversas razones, las personas voluntarias no consideraron oportuno llevar a cabo el trabajo. Parece que lo delicado de ello puede estar en el fondo.

Se invitó, pues, a tres personas de Sartaguda: Julio Sesma Martínez, Presidente de la Asociación Pueblo de las Viudas de Sartaguda, que tenía cuatro meses cuando asesinaron a su padre.  José Ramón Martínez Benito, miembro de la Asociación Pueblo de las Viudas, en su momento Alcalde de Sartaguda, ambos impulsores  del Parque de la Memoria, y Alberto Merino, vecino del pueblo al que asesinaron a su abuelo, concejal y practicante de la localidad, para que dieran su testimonio.

Los asistentes, en su mayoría diferentes a la sesión anterior, fueron en torno a veinte. Constatamos una pérdida de asistentes de la primera sesión y nuevas incorporaciones.

Hemos querido contrastar  los motivos de su ausencia:  Comentarios de que hay que olvidar, que eso ya está pasado, para que remover la porquería,¿ porque no dicen nada de la quema de iglesias?. Que ahora todo está bien. Que no les interesa el tema.

Se proyectó un vídeo: “El pueblo de las viudas” que cuenta muy bien cómo se gestionó y desarrolló todo en el pueblo de Sartaguda y que sirve de ejemplo de lo que ocurrió en muchos pueblos  de Navarra.

La primera persona que dio su testimonio fue Julio. Después compartió Alberto, el nieto de asesinado que comentó lo que le extrañaba, de pequeño, que en su pandilla sólo hubiera dos que tenían abuelo.

Y, finalmente, José Ramón.

Sus testimonios, potentes, emotivos, claros y con muchísima dignidad y contención ocuparon gran parte de la sesión. Nos  explicaron, con todo detalle,  la historia del pueblo, como era, como se vivió la guerra, que paso después con las viudas. Como afecta todo eso a la convivencia actual del pueblo. Reacciones a reconocerse ahora como descendientes de perpetradores y de asesinados siendo  amigos, de la misma cuadrilla.

Fue muy duro escuchar todas las tropelías, desprecios y  ultrajes , que aguantaron  las viudas, el esfuerzo para sacar adelante a sus hijos, la dureza de la posguerra, señalados por los “vencedores”, el silencio de no contar a nadie, ni a sus hijos, nada de lo ocurrido, por miedo a que se repita. Fue muy triste para todos ellos, no saber el “por qué”, el motivo. Ahora sabemos que fueron señalados por pertenecer al sindicato de jornaleros, o por tener más cultura que la media.

Una vez iniciada la contienda, se forma en el pueblo una Junta de Guerra, que es la que decide quien vive y quien muere.

Descendientes de estas personas siguen viviendo en el pueblo, no tienen ninguna responsabilidad de lo que hicieron sus antepasados, pero la realidad es que influye en la convivencia del pueblo.

3ª sesión – 9 de abril 2016

Esta sesión se dedicó a abordar los aspectos más emocionales del tema: que huellas afectivas pudieran haber dejado los hechos de la guerra en familiares y descendientes. Tratar de romper el silencio.

Hubo treinta y nueve asistentes, De ellos, quince eran jóvenes, de la cuarta generación. Consideramos la primera generación a los que hicieron la guerra, como segunda  generación  a sus hijos. Los nietos constituyen la tercera generación y los biznietos la cuarta.

En la introducción que coordinó Rosario Estefanía, aludió a un hijo de asesinado en El Hornillo (Ávila) que fue el primero al que escuchó pronunciar la palabra “perdón”, después de un emocionadísimo y tremendo relato del asesinato de su padre. Dijo:

“Y hoy (junio 2007) para mí se ha terminado la Guerra Civil… y podría perdonar… y hoy… PERDONO… “

Rosario Estefanía mostró su admiración por un hijo de asesinado perdonando a los asesinos.

A continuación se presentó el vídeo “Los rojos zumaques”. Ese vídeo constituye un homenaje de la biznieta de un asesinado por los fascistas, a su abuela que quedó huérfana. En el narra como la nieta que nació en el aniversario del asesinato de su bisabuelo, tenía pesadillas con fusilamientos. Como la abuela rompe el silencio y le cuenta la historia a su nieta. Estaban presentes la autora, la abuela y otros miembros de la familia.

Finalmente, el psiquiatra Goyo Armañanzas pasó a coordinar el espacio de compartir vivencias. Cambiamos la disposición de las sillas para ponernos en círculo. Podríamos expresar nuestra propia historia referida al impacto de la guerra en nuestras familias, en nosotros  mismos, dejando los aspectos sociales o políticos, que a veces constituyen una defensa para no hablar directamente de las sensaciones y emociones. Se pidió confidencialidad en cuanto a no sacar del taller los detalles personales de otras personas.   Hizo una pequeña explicación de lo que a él le supuso el asesinato de su abuelo, inspector de la policía municipal de Estella, a manos de los fascistas. Cómo le llevó a escribir la novela “Fantasmas de nuestra guerra”.

Dio unos conceptos introductorios:

– El silencio a que había estado sometido este tema y lo seguía estando. Un silencio que rebasa el miedo a la represión que se dio hasta la muerte de Franco. A modo de ejemplo citó lo que ocurre en las consultas de psicología y psiquiatría. Los terapeutas no consideran ni exploran en sus pacientes los antecedentes de traumas en la Guerra Civil, en  sus familias. El espacio que se abría constituía un intento de superar ese silencio.

– La tristeza y el duelo congelado. Los duelos pendientes de cerrar por muertes que se dieron hace 80 años. La no aparición del cuerpo y la falta de rituales de enterramiento y funerales, son algunas de las razones que hacen que los duelos por las pérdidas no se hayan cerrado.

– La culpa tanto en descendientes de  perpetradores como de descendientes de víctimas. En los descendientes de perpetradores puede haber una culpa que puede ser inconsciente, pues éstos frecuentemente no han comunicado los hechos a sus familiares. Por parte de los descendientes de víctimas, se da el fenómeno de la culpa propia de todas las víctimas, como es el caso de las víctimas de la violencia de género.

– La rabia, la necesidad de venganza en los familiares de las víctimas. Algo natural y que debe ser respetado.

– El perdón. Un tema muy delicado. Cuando a los descendientes de las víctimas se les dice que deben perdonar como un imperativo moral, o porque si no perdonan van a ser infelices, se está haciendo violencia contra ellos. Se les está presionando psicológicamente y se les está desautorizando lo que sienten. Tienen todo el derecho a sentir lo que sienten y a que eso se respete. El perdón además, no es algo que uno decide hacer racionalmente en un momento dado. El decir: “te perdono”, no resuelve nada. El perdón es algo que le viene a uno en un nivel emocional y no como una decisión racional. No tiene que ver tampoco con que los perpetradores pidan perdón. Algunos familiares dicen que no perdonan porque nadie les ha pedido perdón. Puede que ver el sufrimiento de los descendientes de perpetradores ayude a algunos descendientes de victimas a perdonar, pero eso es algo que está en los descendientes de las víctimas. No dependen más que de ellos mismos para manejar sus sentimientos.

Tras ello se abrió el diálogo. Entre todos los participantes integrábamos tres generaciones: la que llamamos segunda generación (hijos de los protagonistas de la guerra, octogenarios), la tercera generación (descendientes de estos) y la cuarta generación (descendientes de los anteriores, que pueden tener entre veinte y treinta y cinco años)

La sesión fue enormemente participativa y muy fluida;  fueron pocos los que no hablaron. Había como un “permiso para expresarse, para decir lo que de verdad sentías” y la gente lo aprovechaba. Había mucha receptividad, mucho interés, daba igual si eran “historias de izquierdas” o “de derechas”… todas eran historias de seres humanos y ahí todas las personas nos encontrábamos.

Dos personas de la segunda generación comentaron que en su pueblo no había habido muertes. “La gente joven que se apuntó a la guerra iban felices a algo que no conocían. Allí se dieron cuenta. Después no hablaban de la guerra. En el pueblo en aquel tiempo no había aparatos como ahora y la gente iba al campo en grupo y hablaban mucho. Contaban acerca de la comida y demás anécdotas y chascarrillos. Pero no hablaban de lo que la guerra es en sí. No hablaban de matar y los temas relacionados”. Ya casi al final del taller recordaron que habían matado alguien del pueblo: el maestro.

 Una biznieta expresó que no puede haber reconciliación si políticamente no se hacen gestos en ese sentido por parte de los miembros de gobierno. Goyo comentó que, aunque eso es algo muy importante y ayuda, no vamos a poner en manos de los políticos nuestros asuntos emocionales. Nosotros tenemos nuestra tarea que hacer.

Tras un comentario de una participante hablando de diferentes emociones, Goyo añadió que a veces la rabia oculta mucha tristeza y duelo y otras veces, la tristeza oculta mucha rabia.

Rosario Estefanía nos cuenta de esa sesión: “Desde el momento en que Goyo se pone a hablar… me voy dando cuenta que si tal vez él ha tenido que escribir la novela entre otras cosas, para elaborar el trauma de su abuelo y otros hacer otras cosas, yo, sin tener remota idea, ahora pienso que he proyectado así estas sesiones para lo mismo, para elaborar el trauma de mi padre (pero no sólo). Y ahí supe que, en algún momento, tendría que hablar… Pero me daban sofocos porque mi padre, queridísimo por mí, aunque murió a mis seis años, fue militar de Franco…

Así que pensaba: “Bueno, diré algo hacia el final…” Pero cuando mi hija, también presente, levantó la mano ¡la segunda! y dijo una palabra que me removió toda: “perpetradores”, levanté la mano a continuación y me salió todo a borbotones, raro, suelto, inconexo, supongo que largo… conté los tres o cuatro recuerdos “de amor” que tengo de él y supongo que del día que murió; quería que supieran de su bondad, de cómo llamó el día 17 de julio a un nacionalista amigo, conocidísimo de Estella, para hacerle su “asistente”, para salvarle de la muerte, como consiguió… pero sabiendo que en la guerra se mata… y un militar dispara…

Y luego después, viendo a uno de los biznietos de asesinado, amigo de mi hija, también presente, me vino nítida, como una secuencia de imágenes que nacieron en mi cabeza cuando el suegro de mi hija me contó cómo él era un niño de dos/tres años que vivió con su madre el cerco de Bilbao y cómo pudo escapar en el último momento en un barquito, cuando entraban “los nacionales”, y mi padre era uno de los que estaban entrando. De hecho fue herido allí. Eso le valió ir a Estella, como convaleciente y allí conoció a mi madre.

Y me sorprendí infinitamente cuando, sin pensar, junté las manos y pedí perdón, inclinándome ante la persona de enfrente, la abuela Salsamendi. No sabía que tenía esa necesidad, no sabía que cargaba con la culpa de mi padre, ni de los militares, ni de todas las guerras del mundo. Y me sentí liviana y agradecida como si se hubiera esfumado esa invisible mochila de plomo, de la que no conocía su existencia.

Todo el resto de la sesión estuve un poco “ida”, con esa liviandad y muy feliz porque me daba la impresión que a muchas personas les estaba pasando lo mismo o parecido. Viví con sorpresa como si se estuviera produciendo una especie de encuentro y sanación colectivos. Los aplausos, los abrazos mutuos y el contenido final así lo mostraban y yo me quedé con ganas de cantar allí mismo algo alegre y muy elevado”.

Comentarios de dos participantes acerca de lo que recuerdan que se habló, así como algunos pensamientos que no se compartieron:

“Lo que más me impactó fue que hablasen descendientes de perpetradores con total  normalidad y sobre todo el que una de las personas expresó muy poéticamente el momento en que se dio cuenta del papel que había tenido su padre en la guerra. Cuando su amigo, alguien bueno, encantador, le dijo que era comunista, ella se sintió profundamente impactada. Le dio un vuelco, como alguien así podía ser comunista. No podía imaginar que eso era algo tan cercano. Fue como una rotura de cristalitos que le resonaban en su cabeza. Y como espontáneamente pidió perdón en el taller en nombre de su padre aunque racionalmente ella creyera que no tenía por qué pedir perdón pero que así lo sentía. Una vez expresado todo esto, se sintió liberada y más ligera. Sentía que su vida iba a tomar otra intensidad y calidad (son sinónimos míos).También como ella vivió su infancia no faltándole de nada, estando completamente ajena a la realidad social y creyendo que era así para todos.

También me impresionó el testimonio de una octogenaria huérfana. Como expresó la dureza de su vida cuando fusilaron a su padre y que su madre se quedó viuda con varios hijos. Fue una luchadora que tuvo que sufrir muchas humillaciones: en la iglesia un cura en la misa dijo que había que arrancar de raíz a los que quedaran de los fusilados.

Tengo familiares en ambos bandos. Del bando de los perpetradores no suelo hablar. No me animé a expresar mi experiencia. Por un lado por temor de herir sensibilidades  de un familiar presente. Y por otro porque me avergüenza y me cuesta asumir que tengo un familiar que era un “matón”, que además estaba implicado en mi otro familiar que fue su víctima. Me pregunto cómo me habrán influido estas circunstancias en mi vida al sentir dos fuerzas opuestas de las que no era consciente”.

“Mi madre me llevaba en brazos, íbamos a visitar a mi padre detenido, como otros días. Ese día nos dijeron que no estaba, que no iba a estar más”

“Se los llevaban en un autobús. Recuerdo a mi madre corriendo tras el autobús, desesperada sin poder alcanzarlo, se fue alejando. Me recuerdo en brazos de mi madre”

“Iba de la mano de mi padre (militar), feliz y confiada. Recuerdo un objeto negro y brillante como de cuero. Lo fue a tirar a una alcantarilla. Me aparece esa imagen. Comprendí que era la forma de una pistola, que esa pistola había podido matar a otras personas. El impacto que ha quedado a lo largo de mi vida es la metáfora de tirar la pistola a una alcantarilla”

“En mi familia no se habla apenas. Se dice que les obligaban a ser rojos o azules y algunos lo eran porque les tocó allí ser eso, por supervivencia”.

“Había gente que no se mojaba. Hoy le he querido llevar a mi padre, aunque al final no ha ido, a los actos de la memoria. Tiene 91 años (supongo yo que en el 36 tendría unos 11). Hemos estado hablando y yo quería como chincharle o darle en las narices, que supiera que no mojarse no estuvo bien. No posicionarse y vivir bien a mí me da como rabia”.

(Varias personas más jóvenes): “En mi casa no les ha gustado nunca hablar de eso: déjalo, no lo toquemos, para qué revolver. Y un consejo de “no te metas en política que ya ves lo que acaba pasando”

“En nuestro pueblo no pasó nada, Bueno, al único al que mataron fue al maestro, que no era del pueblo. A mí me revolvió este testimonio muchísimo. Imagino a personas que instigaron esto, a personas a las que no les parecería bien y callaron. La purga puesta en (¿el chivo expiatorio?) el maestro. Me pareció tremendo”.

“Yo conocí a ese maestro, estuve muy poco con él en clase, no lo recuerdo demasiado, pero recuerdo muy bien la hoguera en la que se quemaron todos los libros que había traído a la escuela, la gente alrededor. Me impresionó mucho y recuerdo muy bien la imagen de las llamas”

“Aunque no puse esto en palabras, me impresionó y me revolvió las tripas. Me vino como un golpetazo en el pecho, una secuencia de la película: ”La lengua de las mariposas” Hay un instante en que el maestro (al que se van a cargar y se llevan detenido) mira con amor-desolación a un niño que lo ama y admira y está desconcertado entre la multitud que lo abuchea. Acaba abucheándole, como los demás, con más fuerza si cabe. La mirada de ese niño cruzándose con la del maestro dice mucho más que todo lo que se pueda expresar: amor, condena, culpa, rabia, vergüenza de amarlo y de sí mismo. Es un instante de esos que no se borran”.

“En mi casa cuando alguna vez preguntamos a mi padre, y eso que apenas se ha hablado de la guerra, nos decía que él estaba en el bando de los ganadores y eso nos parecía bueno, que estaba bien, y no nos llegábamos a plantear mucho más. Después te vas dando cuenta que, claro, había perdedores también que, además de perder la guerra, fueron represaliados y hubo mucho sufrimiento”

“Pues en mi casa jamás se ha hablado de nada de esto, yo no sé nada de nada, ni de mi pueblo ni de mi familia. Es como si no hubiese pasado”.

“Algunos eran casi unos niños de 16 y 17 años e iban ¿voluntarios?, ¿obligados?, ¿manipulados? ¿Cómo podían ir voluntariamente hacia la muerte, o a matar? ¿Cómo pueden estar orgullosos unos padres de mandar a un hijo a la muerte?”

” Cuando les preguntábamos: ¿qué se siente al matar, al disparar sobre otras personas?, nos contaba que no sabían dónde estaba el enemigo, que tiraban balas a lo loco ,que ni sabían disparar bien, ni apuntaban, que a veces paraban y se juntaban de los dos lados para hablar, o calentarse, o cenar algo. Cuando lo relataban parecía más un juego que una guerra”.

“Había mucha presión para represaliar fuera del frente. Mi familiar decía: si me obligan a ir a fusilar a alguien, no pienso hacerlo. Antes que matar a alguien así prefiero alistarme a la guerra. Yo no soy ni pienso ser un asesino, me dan ganas de vomitar”.

“En mi familia, lo mataron aprovechando la guerra y la situación propicia para acusar, señalar, delatar, pero el verdadero motivo fue una antigua rencilla. Le envidiaban y fue la envidia y el anonimato lo que les permitió vengarse. Durante años no nos hablamos con esa parte de la familia y ha habido mucho rencor”.

“En la escuela me hacían escribir relatos mentirosos y humillantes sobre lo ocurrido. Eran cosas llenas de mentira y manipulación. Me producía mucha rabia, yo no quería hacerlo y la maestra me quería obligar. Me despreciaban y humillaban. Me ponían en evidencia. Había mucha maldad”.

“Hubo diferentes personas que en algún momento y desde diferente perspectiva familiar, desde su particular sufrimiento, hablaron de culpa, de vergüenza, de rabia, de tristeza.

A lo largo del taller hubo personas que no hablaron pero las vi escuchar, emocionarse y reconocerse en las expresiones de otros. Yo hice mi propio recorrido personal, imaginé a mi tío Manuel (tengo una foto que es clavado a mi hijo) con sus 17 años, casi un niño, escuchando soflamas que le encendieron para ir al frente. ¿Fue convencido?, ¿fue obligado?, ¿fue como un juego?, ¿se sintió llamado a salvar alguna patria? ¿Sería uno de esos requetés recién comulgados cuyo furor guerrero y ansia por matar rojos les hacía creer que serían inmortales?, ¿o que podrían morir orgullosos, porque Dios estaba de su lado? Lo imagino cagado de miedo de hambre y frío, dando tiros al azar. O tal vez tuvo delante alguien mirándole a los ojos y le disparó, o alguien herido a quien fue capaz de rematar. A mi tío ¿lo alcanzó una bala perdida o alguien le disparó a bocajarro? ¿Murió solo y desangrado o alguien le sostuvo en su regazo, le cogió la mano? ¿Tomó conciencia de los muertos o los sintió como un trofeo? ¿Se acordaría de su madre o padre?, ¿se habría enamorado alguna vez? Sé que mi abuela se plantó en su funeral y no dejó que le colocaran la bandera ni que los azules significados lo portasen en hombros, quiso que fueran sus seres queridos y amigos quienes lo llevasen.

No he conseguido saber que sintió mi padre al ver a su hermano adorado convertido en una caja de pino: ¿maldijo la guerra o lo consideró un héroe? ¿Se convenció de que era una causa justa para aceptar su muerte? Al poco tiempo de su muerte en el frente en Belchite, unos cuantos hombres entre los que se encontraba un pariente respetado fueron, a pedirle a mi abuelo una firma para echar del pueblo a unos cuantos de una lista negra, no sé si por rojos, por no lo suficientemente azules, o por rencillas de otro tipo. Daban por hecho que el padre de alguien muerto en el frente firmaría con decisión, desearía vengarse. Echar del pueblo ¿a dónde?. Sería más bien fusilarlos. Mi abuelo se negó. Se llevaba bien y compartía trabajos con la mayoría de hombres del pueblo y comprendió que no se trataba de echarlos sino de algo peor. Lo amenazaron, insultaron, zarandearon como a un saco de patatas, y no lo añadieron a la lista porque a pesar de no tener huevos para ser azul, azul, acababa de perder un hijo. Mi padre contempló todo esto escondido detrás de un carro, sé que sintió miedo y vergüenza por su padre que no quiso hacer justicia con su hermano muerto (más bien venganza). El abuelo fue a casa de un hombre que estaba en la lista, le avisó de la lista y el peligro que corría y le escondió en su casa, el único lugar en el que no le buscarían. De madrugada lo acompañó al límite del pueblo y pudo salvarse, atravesando el alto del Perdón hasta otro pueblo con familia más seguro para él. Yo lo conocí hace muchos años cuando nos hizo una visita. Quería mucho a mi abuelo

Me rondaba siempre la zozobra de si mi abuelo podría haber estado implicado en muertes. Esta incertidumbre sin saber la verdad y además no se podía preguntar. A mí me daba mucho miedo conocer la verdad. Sólo imaginarlo me daba muchísima tristeza, sentimientos de culpa y muchísima vergüenza. Cuando conocí no hace mucho su historia, sentí una gran liberación. Me sentí orgullosa de él. Para mí fue valiente pues, en medio de su dolor, no quiso colaborar en la barbarie y salvó una vida. ¡Yo adoro a mi abuelo al que no conocí, ni en foto! Lamento no haberle conocido, murió joven de cáncer. Siento verdadera pena de que mi padre se avergonzara de él. Esto no recuerdo si lo dije o no, pero las familias del bando nacional que perdieron hijos fueron compensadas económicamente, excepto la de mi abuelo. Esto le tenía muy enfadado a mi padre, pero a mí también me enorgullece.

Hubo algún diálogo sobre si hay que posicionarse en un bando y a mí ,lo que hizo mi abuelo desde su dolor de posicionarse en su humilde medida personal por la vida frente a la muerte me parece como una semilla, como un paso personal, que enganchaba muy bien con lo que estaba ocurriendo esa tarde en el taller ,con lo que la nieta y su abuela habían hecho, además del reconocimiento público, construir algo hermoso como fue el video que compartimos, tendiendo puentes al diálogo de experiencias humanas. El sufrimiento, sea del color que sea ha de ser escuchado.

Yo salí, a pesar de tantas emociones y sentimientos tristes, muy alegre y en paz de ese encuentro y como con esperanza de que la paz es posible. Es posible enterrar a los muertos y hacer las tareas que quedaron pendientes, recobrar la esperanza sin fantasmas. Por cierto mi abuelo se llamaba Gerónimo, como el indio”.

AGRADECIMIENTOS

                Queremos agradecer  esta experiencia a las personas asistentes, a los ponentes que colaboraron desinteresadamente y a la organización de este taller por parte de la asociación “Amigos de Casa Usúa de Arbeiza.

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Comentarios en: "Se puede hablar: Taller sobre la guerra civil española del 36*" (1)

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